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Había una vez un lugar llamado Jamaica
Por Natalio Gorín
Fuente: Tango Siglo XXI

Don Juan Martínez es del ’16, prueba fehaciente de que va en camino de los 87 años, por suerte lozanos y lúcidos. Cualquiera diría que nombre y apellido acompañan la identidad de uno de aquellos españoles que se largaron para la Argentina cuando la Guerra Civil azotaba y la Madre Patria expulsaba a sus jóvenes. No es el caso. Don Juan, nacido en Buenos Aires, sigue yendo casi todos los días a la lavandería de su propiedad, y a uno se le ocurre que sería muy interesante averiguar cuantos de sus cientos o miles de clientes que pasaron y pasan por el local de la calle San Martín 927 (entre Paraguay y Marcelo T. de Alvear) conocen algo de la singular y fantástica historia que ese hombre de andar aún erguido puede y va contar con toda autoridad, a cambio de dos condiciones; primero conocer algo más de su interlocutor, y segundo, cómo supo que ahí, en esa lavandería, estaba Jamaica. Así es. Alguna vez, y todavía no hace tanto, para los habitantes de Buenos Aires eso era “el bajo”, con la leyenda misteriosa y prohibida de los “piringundines”, maltrecha y folclórica denominación que la estirpe ciudadana le daba entonces a los locales nocturnos de la mala fama vecinos al puerto. Ni siquiera las empleadas de la lavandería, en ese corazón de una zona (Retiro) de modernas oficinas, saben hoy que entre esas paredes, hace ya más de 40 años, la nueva música de Buenos Aires tuvo acta de fundación, y mucho menos que don Juan, como ellas lo conocen, tiene tanto que ver con esa historia.

“Piazzolla me vino a pedir trabajo, y a mi mucho no me entusiasmaba. No porque no lo conociera, sino porque ya tenía artistas desde las diez de la noche hasta las cuatro de la madrugada. Además el local era muy chico, lo mismo que el escenario, y él quería tocar con el Quinteto, que era casi una novedad. Estamos hablando de 1960,recién había vuelto de los Estados Unidos, donde no le había ido bien, no era el Piazzolla de hoy. Así y todo, por poco que le pagara, a mí los números apenas me daban: solo había lugar para unas 80 personas, y bien apretadas. Antes de decirle que si o que no se me ocurrió preguntarle: ‘Dígame, Astor: ¿por qué quiere trabajar en este local?’ Creo que su respuesta hizo que lo contratara. ‘Porque en New York, en los ambientes de jazz, se habla de Jamaica. Ella Fitzgerald y Jim Hall dijeron que en Buenos Aires había un lugar como no existía en todo Estados Unidos, donde la gente va a escuchar en silencio, y yo quiero eso para mi música y mi Quinteto’. Ella Fitzgerald cantó y todo en el boliche:y yo tenía una cinta con una grabación de esa noche. Pero mis hijas la borraron por error, grabaron encima un disco de Billy Caffaro, vea si no es para matarse. El que tiene una copia es Jorge Navarro, el pianista, yo se la regalé.

¿Cómo y por qué fundé Jamaica? Es una historia extraña. Cuando salí del servicio militar me enganché en la Policía Federal, pero no como agente común, hice el curso de oficial en la Escuela Ramón Falcón, me gustaba y quería ser detective. Eran otros tiempos. Policías y delincuentes solo se mataban por excepción, en un enfrentamiento Había un respeto tácito, otros códigos. Un ladrón podía llegar a decir: “Señor Martínez, usted hace su trabajo y nosotros el nuestro” Y así era, sin concesiones. Me retiré porque había un comisario, Margaride, que empezó a perseguir a todo el mundo en nombre de una moralidad absurda.

Yo conocía la noche, obvio, y me asocié con un dentista y un abogado, amigos de la infancia, en un par de boliches. Uno era bien del bajo, New Inn. El otro surgió como una aventura media estrafalaria. Alquilamos un local donde había una peluquería y con la ayuda de varios conocidos armamos la idea final. Yo quería algo distinto, una especie de living bien sonorizado. El nombre se lo puso Lucio Demare, que había estado por allí, y me convenció: ‘Esa isla es un lugar paradisíaco, y Jamaica suena muy musical’. La decoración la hizo Gori Muñoz, un gran escenográfo del cine argentino que era muy amigo del director Lucas Demare, el hermano de Lucio. El lugar no tenía nada que ver con el resto que por entonces existía en Buenos Aires. Para que entraran 80 personas (los días que se llenaba, que no eran muchos) hubo que poner mesitas muy chiquitas y en lugar de sillas una especie de banquetas de cocina. Había señoritas solas, es cierto, pero de otro nivel, vestidas a la última moda y todas hablaban inglés. Jamaica se inauguró en 1957, y uno de los primeros artistas, lógico, fue Lucio Demare. Después se fue armando un elenco extraordinario; por eso venían los grandes artistas extranjeros que pasaban por Buenos Aires. Ahí empezaron casi todos: los hermanos López Ruiz, el Gato Barbieri, Sergio Mihanovich, Fats Fernández, y Salgán-De Lío, que es un invento mío. Horacio Salgán tenía un dúo con Ciriaco Ortiz, un gran bandoneonista, pero por algún motivo Ciriaco se tuvo que ir y yo le pedí a Horacio, para no dejarlo en banda, que se uniera a De Lío. Al principio no quiso, entonces me puse firme: ‘Eso o termina’. Vea lo que es la vida, todavía están tocando juntos.

Cuando aparece Piazzolla, el boliche ya estaba consolidado. Era el lugar de los ejecutivos, de gente de la noche, del cuerpo diplomático, del ambiente artístico. Narciso Ibáñez Menta, Emilio Alfaro, Sergio Renán, venían casi todas los días. No era un gran negocio, pero por lo menos no perdía. El lugar tenía luces tenues, alfombra roja, copas talladas a mano; todo a gran nivel. Piazzolla tenía un público muy pequeño; los tangueros no lo querían. Lo puedo firmar: se lo escuché decir a Salgán y a Pedro Laurenz Con los años Jamaica tuvo varios altibajos, porque Margaride seguía haciendo de las suyas, perseguía a todo el mundo y la noche de Buenos Aires quedó vacía por esa política absurda. Tengo una anécdota. Una noche cae Margaride a Jamaica y se quiso llevar detenida, por prostitución, a la cantante de Harry James, que era además su mujer; estaban actuando en Buenos Aires. Por suerte ni James ni la mujer, que medía como dos metros de altura, entendían una palabra en español, y ahí estaba Margaride, buscando comunistas y pidiéndole documentos a todo el mundo.

Piazzolla estuvo con nosotros unas tres temporadas y después se fue a 676, un local recién inaugurado que quedaba a pocas cuadras, Antes me vino a pedir opinión, me contó que había un arquitecto que lo quería asociar al lugar y le había prometido un gran negocio. Yo le dije: ‘Vaya, Astor, pero ni muerto de socio, esto no da’. Por suerte me hizo caso. Pero creo que hasta tuvo problemas para cobrar. Este siempre fue un país muy loco, si no era por un Margaride, de la noche a la mañana cambiaban todas las reglas económicas y morían muchos negocios. Jamaica se fue diluyendo, primero cerró el escenario, la música de fondo eran grabaciones, y terminó en esto: una lavandería”.
 


Nota publicada el 25/05/2005
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